martes, 25 de junio de 2013

Bear City, la realidad del colectivo Oso

Cuando me decidí a escribir novelas de temática gay, era bastante escéptico.  No me avergüenzo admitir que solamente había leído un par de libros (malísimos, por cierto) que relataban, a grandes rasgos, una parte de la realidad.  Si el mayor miedo de cualquier escritor es caer en estereotipos, el afán del lector acostumbrado a encontrarlos, puede condicionarte durante la creación de la historia.  No es mi caso.  Tenía claro que si algo quería reflejar, era la normalidad que nos rodea.  Para el resto, ya tenemos el desfile durante el Orgullo, un día que, no es nada representativo de nuestra vida diaria.  Es sólo la excusa para sacar a la gente de sus casas y consuman.  Los hoteles doblan su precio, las discotecas hacen su agosto y nunca, nunca, aparece en  la portada de los periódicos la típica pareja que va de tranquila por la vida y que llevan más de 15 años juntos.

Claro, que el morbo, vende.

Quizá yo peco por exceso de normalidad en mi vida o que, tal vez, mis casi 42 años pesan lo suyo para pasarme los fines de semana de fiesta en fiesta, pero, ni siquiera cuando era un jovencito vivaracho, con tableta de chocolate en mis abdominales y pinta de "bicho palo", caí en el juego de la noche.  De ahí, que en mis historias, los personajes hayan recibido los adjetivos de "recatados", "puros" y "romanticones".  No deja de chocarme, porque estoy seguro de que incluso el más llevado por su pulsión sexual, quiere encontrar pareja.



Esta última semana, he visto la película "Bear City".  Me ha sorprendido gratamente que, el colectivo Oso, fuera llevado a la pantalla de una manera tan elegante (dentro del inevitable trasfondo sexual, alguna escena subidita de tono y juegos de seducción).  No conocía nada de ellos: gorditos, barbudos, cara de mala leche, peludos, camisas de cuadros...  Sí, me había dejado llevar por los estereotipos, esos de los que tanto me quejo...  


Un guión muy bien escrito y lo mejor de todo: la estupenda actuación de todos los actores.  La historia está excelentemente hilvanada.  Los personajes son creíbles y, las historias de amor, situaciones diarias y diálogos, se merecen un aplauso.  Me quedo con uno de los diálogos entre los protagonistas: "reconocer que te gustan los Osos es como salir del armario por segunda vez".  Os la recomiendo si tenéis ganas de divertiros y ver varias escenas sorprendentemente tiernas.  La historia de amor entre un jovencito que se enamora de un maduro, es de las más conmovedoras que he visto últimamente.




Acto seguido, me pongo en contacto con mi amigo Alberto.  Es de esas personas que, por fortuna, aparecen en tu vida.  Él es el creador de la aplicación U4Bear, un servicio de localización, vía GPS, para el colectivo Oso.  Me falta tiempo para acribillarle a preguntas, quedándome helado al escuchar que más de 3.600.000 usuarios en todo el mundo, la tienen instalada en sus móviles.  Al preguntarle si la película mostraba la realidad del mundo Oso, contesta que es la que mejor lo hace.

Me informa de la ramificación dentro del colectivo: oso, chubby, admirer, cazador, oso musculoso, oso polar, daddy, lobezno...  !Y yo que pensaba que elegir el café en el Starbucks era difícil!

Así por encima, vuelvo a sorprenderme de la dificultad que se encuentran cuando "se sale del armario por segunda vez.  Explicar que no solamente eres gay, sino que además, te gustan gorditos o peludos, rompe el arquetipo del típico gay que se cuida y tiene un concepto de la moda bastante elevado.  Nuestro lema es vive y sé feliz, dejando a un lado los complejos y aceptándose cómo cada uno es".

No lo veo mal, para nada, por mucho que piense que la obesidad, lejos de cualquier factor social o estereotipos, es algo con lo que se debe tener cuidado por los problemas de salud que puede traer de la mano; aunque claro, yo mismo, a mi edad, con un peso equilibrado a mi altura, soy fumador, por lo que el tabaquismo me puede traer los mismos (o peores, incluso) problemas de salud que si tuviera algún kilo de más.

Os dejo el link de la última edición de su magazine.




















miércoles, 5 de junio de 2013

El aliciente de narrar una historia

En el año 1986, cursando mi último año de EGB, la profesora de Catalán nos propuso escribir una redacción para participar en el los Juegos Florales "Paraules al vent".  Yo casi no hablaba en catalán, por lo que con ayuda de mis compañeros de clase y sus correcciones, pude terminar mi trabajo.

Se tituló "El meu diari" ("Mi diario"), y la historia trataba de un niño de 13 años, Gerard, que se contagiaba de VIH al recibir una transfusión, ya que era hemofílico.  Anotaba su día a día en un diario, comentando su aislamiento por parte de su entorno hasta que conoce a una chica con el mismo problema.  Deja de sentirse un infectado (recordemos que en aquella época, los seropositivos eran tratados peor que los leprosos de la India).  La última anotación en el diario, la escribía el padre, criticando la reacción de la sociedad que les había hecho el vacío, permitiendo que su hijo muriera sintiéndose culpable por algo de lo que ni siquiera sabía.

Desde un buen momento, la profesora se sintió fascinada con la historia y me dijo, convencida, de que ganaría un premio.  No hice caso, total, ¿a quién le interesaría mi historia?

Recuerdo que la entrega de premios fue en el pueblo de Camallera, en el teatro, y cuando dijeron mi nombre y me entregaron el diploma junto a varios libros, estuve alucinando por varios días.

Fue un gran aliciente para seguir escribiendo, y de hecho, es algo que siempre me ha acompañado durante todos estos años, pero, no sería hasta 2007 cuando terminé mi primera novela.  Pensaba que era difícil crear una historia interesante, con un buen hilo conductor y, sobre todo, enlazar absolutamente todos los detalles en el capítulo final... y no, vamos, no es que fuera fácil, pero no me resultó tan difícil.

Lo que no imaginé fue que con el tiempo, una segunda novela siguiera llamando la atención del lector y en especial, tras ganar el premio con "Lo que queda de mí".

Sí, todas las historias tienen sus lectores, y éstos, saben agradecer que les entretengas e incluso que hagas volar su imaginación, que se enamoren en la historia y vivan las mismas experiencias que los protagonistas.  Sin duda, es lo más reconfortante de todo y, en mi caso, hace que valga la pena pasarme tantísimas horas delante de la pantalla.

Puede que guste más, o que guste menos, pero, estar presente en la vida de tantísima gente, es lo más gratificante que le puede pasar a un escritor.