sábado, 27 de septiembre de 2014

Vicente y Rubén

Si mi mente no me engaña, a estas alturas en el año del 2007, comencé a escribir "Ilusiones de marfil" sin imaginar que aquella novela sería la primera de muchas otras historias, dos ya publicadas y una cuarta que está en camino.

Hoy la he vuelto a releer y a pesar de que está escrita en clave de humor (fue mi máxima aspiración: mínimo conseguir una sonrisa del lector), el sentimiento de tristeza  de Vicente por no creerse correspondido, es evidente.

Vicente y Rubén, una pareja como tantísimas otras que están juntos tras vencer inseguridades y el miedo que produce el sentirse rechazado.

¿Cuántos como ellos habremos conocido a lo largo de nuestra vida? ¿Cuántas parejas no lo son por el hecho de no afrontar una realidad tan clara como el querer y dejar quererse? ¿Cuántas veces creemos en esta vida que nos toparemos con alguien lo bastante interesante como para lanzarse a la piscina?

A veces me da por pensar que estamos tan cómodos con nuestras vidas independientes que no hacemos caso a lo que nos rodea, en cambio, resulta de lo más fácil quejarse de ello cuando nuestra soledad no es elegida.

Es la tónica en nuestra generación.  Ya no somos solterones treintañeros, que va, ya verdaderos cuarentones con las mismas necesidades e ilusiones de adolescente a punto de descubrir el amor.  Que sí, que independientes, capaces y bla bla bla, pero a la hora de la verdad, en la noche de tu cumpleaños o en Nochebuena, cuando estás solo cenando en la mesita del sofá, incómodo, intentando convencerte de que es así porque así lo has decidido, es inevitable que cierta añoranza ronde por tu cabeza e incluso hagas un pequeño repaso mental sobre las personas que se han cruzado por tu vida.

Por la mía han pasado buenas, buenísimas personas, pero también malas, aunque para mi suerte, solamente han sido un par que merezcan tal adjetivo.  A los primeros, me alegro muchísimo que hayan rehecho su vida y sean felices, todo lo que yo no supe o pude hacerles, a los segundos, sacando partido de este idioma nuestro tan y tan rico: que les parta un rayo.

Se acerca mi cumpleaños, serán ya cuarenta y tres, pero si me preguntáis cómo me siento, la respuesta es sencilla: igual de ilusionado que cuando cumplí los veinte.  Seguiré solo y ni siquiera lo celebraré sentado, que va, fijo que lo haré de pie delante del fregaplatos... una manía que no he conseguido quitarme de encima cuando estoy solo.

Y a ti, Rubén, el que seas, es una lástima que no se de la ocasión, te querría mucho.  Lástima que no te conozca.